Haciendo velas para enfrentar los apagones

“Tráete ese tubito de marcador que está ahí, y el nylon que está en el cuarto de la computadora”, le dijo la joven madre Guariqueña a su hermana menor, mientras ponía sobre la mesa un envase lleno de parafina derretida.

Al fondo del extenso corredor que recorre toda la casa, un chiquillo de un año y medio de edad jugaba alegremente con una pelota de goma. “La corretea por todos lados” comentó con una sonrisa la muchacha, que no quiso hacer público su nombre, “eso es porque todavía no se ha hecho de noche”, suspiró, agregando que en las noches de luna nueva, “esas en las que no hay luna y todo está más oscuro”, el bebé está mucho más nervioso e inquieto.

Y es que al momento de conversar con ella, se había ido la luz en el sector donde vive en la ciudad de San Juan de los Morros, estado Guárico. Con una mueca en la cara y un tono de ironía en su voz, relató que en el cronograma compartido por Corpoelec para ese día jueves no se iría la luz, “pero ya se fue…. Rara vez cumplen esa broma, ojalá llegue temprano”, dijo, la sonrisa irónica desapareció casi de inmediato.

Mientras hablaba, la joven tomó en sus manos un cuchillo y sacó la tapa posterior del tubo de marcador acrílico que su hermana había traido, dejándolo a un lado. En seguida, agarró un “Exacto” y cortó la punta del mismo, quedando en sus manos un tubo cilíndrico. Luego, hizo pasar un trozo del nylon a través del cilindro, apoyándolo por una de sus aberturas sobre una hoja de papel.

“Lo vi en un tutorial de Youtube” sonrió, mientras su esposo vertía una pequeña cantidad de parafina derretida dentro, tras lo cual ella advirtió que habría que esperar a que se secara bien antes de continuar. Durante la espera, contó que, aunque los apagones son un dolor de cabeza para todos, es el bebé el que más ha sufrido los efectos del mismo.

“Sobre todo cuando se va de noche. El muchacho no duerme y eso es desesperante, entre el calor, y los mosquitos y el ruido hacen que se despierte a cada rato y, si todo está oscuro, arranca a llorar. Claro que eso nos despierta a nosotros también y pasamos el día trasnochados. Se puede despertar hasta 6 veces en la noche”, relató.

Detalló que el cuarto en el que duermen es pequeño y cerrado, además, el largo corredor sólo está separado de la calle por un portón de metal. Por eso el cuarto resulta muy caluroso y, además, se filtran todos los ruidos provenientes de la calle: “Las motos, los camiones, los perros ladrando. Algunos no lo despiertan, pero los más fuertes sí”.

Dijo que aquello les termina causando problemas a todos “no dormimos bien y ya en el día, o cuando llega la luz, él consigue dormir, pero nosotros tenemos que ir al trabajo trasnochados. Así uno no rinde, se pone de mal humor, es horrible”.

Al notar que la parafina vertida en el tubo ya se había secado, la chica volvió a sonreir, como olvidando momentáneamente los malos ratos que acababa de contar. De inmediato tomó la cuerda por la parte de arriba del molde y lo suspendió en el aire, mientras su esposo llenaba el resto del tubo con más cera derretida y explicó que de ese modo, mantiene la improvisada mecha lo más cerca posible del centro.

“Uno se relaja, echa chistes y se ríe un rato, porque nada más cuando piensas en que puedes pasar otros dos días sin luz, sin agua, sin comunicaciones, te da de todo. Hasta me corté con los dientes las puntas de mis dedos y no me di cuenta, por la angustia”, dijo en un tono de sorpresa, mientras se levantaba de la mesa para ir a buscar al bebé.

En ese momento, ya se estaba ocultando el sol y tal como sus padres habían dicho, el pequeño empezó a ponerse inquieto, se quejaba, lloraba y señalaba hacia el horizonte oscuro, eran las 7:20 de la noche. “Ahora hay que bañarlo, vestirlo bien bonito y sacarlo a caminar a la calle, se pone contento y se le olvida lo de la luz. Al menos lo tranquilizamos un poquito antes de ir a dormir”, expresó.

Afuera, los bisabuelos del niño esperaban sentados al frente de su casa, en la acera. Al escuchar sus voces, el pequeñín salió corriendo para allá, halando a su papá por una mano. Desde otra de las casas se escuchó una voz: “¿Vecina, a qué hora viene la luz?” “No se, –respondió ella– según que viene a las nueve”.

“Ojalá”, respondió la otra mujer, dándose vuelta en medio de la oscuridad para volver a unirse a una conversación familiar. “De pana, ojalá llegué hoy, porque si no va a ser otra noche larga”, suspiró.

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